De Suiza a la Patagonia: Las aventuras de Dan por Puelo

Dan Laumer

32 años

Dan no llegó a Puelo por consejo de nadie. No hubo blog de viajes, ni influencer, ni un impulso por escapar. Una noche, en algún lugar de Suiza, escribió “Patagonia”, amplió el mapa de su celular y se quedó mirando una mancha verde al sur del mundo. “Se ve bonito”, pensó. Eso bastó.

Metió ropa en una mochila, llamó a su amigo de mil batallas y compró un pasaje.

Su primera parada fue Santiago de Chile. Desde ahí comenzó a bajar, siguiendo el rumbo del mapa que lo había convencido. Quería conocer la Carretera Austral, ver glaciares, sentir el sur. En el camino alguien —no recuerda quién— le dijo que pasara por Cochamó. Y así, casi por accidente, apareció Puelo.

Lo que encontró no estaba en sus planes. Montañas verdes que parecían recién lavadas por la lluvia, bosques espesos donde el viento suena distinto, más hondo. El río bajaba turquesa y frío, y el aire tenía ese olor húmedo de la madera viva. Se iba a quedar una noche. Se quedó varias más.

Caminaba por el pueblo sin rumbo. Le sorprendió lo limpio, lo cuidado. Los mercados pequeños, pero llenos; las tiendas modernas donde no faltaba nada. “Es ordenado”, decía en su español de acento suave, “pero todavía es salvaje”.

Eso era lo que más le impresionaba. Puelo le recordaba a Suiza: montañas, agua, verde infinito, pero con una clara diferencia. “En Suiza”, explica, “en cada montaña hay un hotel, un restaurante, un teleférico. Es cómodo… pero no es naturaleza pura”. Aquí, en cambio, podía caminar horas sin cruzarse con nadie. Sentarse frente al río y escuchar solo el golpe del agua contra las piedras. Mirar una cumbre sin cables, sin construcciones, sin ruido.

Una tarde subió por un sendero que se abría entre árboles altos. El suelo estaba cubierto de hojas húmedas y el canto de los pájaros lo acompañó hasta un claro desde donde se veían fiordos a lo lejos, como cicatrices azules entre montañas. Se quedó en silencio largo rato. Dijo que ahí sintió algo parecido a la libertad.

… tienes que quedarte en Puelo y ver el cielo de noche. Es increíble

Por las noches el cielo le parecía exagerado. Sin luces que lo apagaran, las estrellas caían sobre el pueblo como una manta encendida y Dan se quedó mirándolas por largas horas. Subió fotos a sus redes. Una amiga le respondió desde Suiza: el próximo verano iría a la Patagonia. Dan le escribió: “Tienes que quedarte en Puelo y ver el cielo de noche. Es increíble”.

También hubo tiempo para lo simple: conversar con la gente del lugar, descubrir historias en acentos distintos al suyo, probar unas pastas al pesto que todavía recuerda con precisión. “Muy ricas”, dice sonriendo.

Su plan era seguir hacia el sur para ver glaciares. Y lo hizo. Pero algo de Puelo se le quedó pegado en los zapatos, como barro seco después de una caminata.

Si tuviera que describirlo en tres palabras, elige: bonito, pequeño y cuidado.

No llegó por recomendación. Pero ahora, cada vez que alguien le habla del sur del mundo, Dan, no duda. Saca el teléfono, abre el mapa, señala ese punto verde y dice: “Tienes que pasar por Puelo. Y quédate un poco más de lo que planeas”.