Desde el norte, pasando por el centro hasta llegar

a la calma.

Felipe Ahumada

Carabinero

 

A los 38 años, Felipe Ahumada ya conoce Chile desde varios de sus paisajes. Ha vivido en el norte, en el centro y en el sur, siguiendo el camino que eligió hace casi dos décadas. Sin embargo, después de 18 años de servicio en Carabineros, fue en un pequeño rincón de la Patagonia donde encontró algo que no había conseguido en ningún otro destino: la calma.

Oriundo de Valparaíso, Felipe supo desde niño que quería ser carabinero. No fue una decisión repentina ni una vocación que apareció de un día para otro. Su padre vestía el mismo uniforme y él creció observándolo, familiarizándose con una vida que, mucho antes de comenzar, ya le resultaba conocida. De alguna manera, el camino estaba ahí, frente a sus ojos. Solo tuvo que animarse a recorrerlo.

Desde entonces han pasado 18 años. Tiempo suficiente para conocer distintas ciudades, adaptarse a nuevos destinos y entender que el trabajo policial no tiene un solo paisaje. La función exige estar atento, responder a situaciones diversas, prevenir, orientar y mantener el vínculo con las comunidades. En los sectores rurales, además, la vigilancia puede extenderse por caminos y localidades dispersas, donde la presencia policial también forma parte de la vida cotidiana.

Hace apenas cuatro meses, ese recorrido lo trajo hasta Puelo.

Felipe no es un hombre de grandes aspavientos. Es tranquilo, sereno, de esos que parecen tomarse las cosas con una pausa natural. Quizás por eso, cuando alguien le propuso participar en esta historia frente a una cámara, aceptó sin darle demasiadas vueltas. No es precisamente su ambiente, pero tampoco parecía haber motivo para complicarse. Una invitación, una conversación y listo. Casi como salir a dar una vuelta.

Y es que algo de esa sencillez parece haber encontrado su lugar en Puelo.

Uno puede imaginarlo comenzando la jornada, preparando su uniforme y saliendo a cumplir con las tareas del servicio. Hay responsabilidades que no cambian con el paisaje: estar disponible, atender a las personas, recorrer el territorio y responder cuando alguien necesita ayuda. Pero al terminar el turno, el entorno ofrece otra clase de escenario. El -poco- ruido cede espacio al río, las distancias se recorren de otra manera y el tiempo libre adquiere un valor distinto.

Ahí aparece el Felipe que disfruta del deporte, que se sube a la bicicleta y sale a explorar. El que descubre caminos nuevos, respira aire limpio y encuentra en cada recorrido una excusa para conocer un poco más el lugar que hoy llama hogar. También están las amistades que ha ido construyendo, las conversaciones sin apuro y esos pequeños placeres que antes quizás pasaban inadvertidos: un día soleado, una buena conversación o la posibilidad de disfrutar productos frescos del mar.

No es que su vida se haya detenido. Al contrario, parece haber encontrado una velocidad que le acomoda.

Después de tantos años de servicio, de cambios de ciudad y de paisajes distintos, Felipe llegó a Puelo sin saber necesariamente que estaba buscando algo más que un nuevo destino. Hoy, con apenas cuatro meses en el lugar, comienza a descubrirlo. Tal vez la tranquilidad no estaba en dejar atrás su oficio, sino en encontrar un entorno donde pudiera ejercerlo y, al mismo tiempo, disfrutar de todo lo que ocurre cuando termina la jornada.

Hay quienes pasan años buscando un lugar para vivir. Felipe, por ahora, parece haber encontrado uno en el que simplemente puede estar. Y para un hombre que ha recorrido tanto Chile, eso no es poca cosa.

… Y es que algo de esa sencillez parece haber encontrado su lugar en Puelo.

Te invitamos a ver la historia completa.